Fechas

Febrero 17 – Abril 14 de 2018

Lugar

NC arte

Artista

Luis Camnitzer y Colectivo Maski

Curaduría

Claudia Segura

Alfabetizarse no es aprender a repetir palabras, sino decir su propia palabra.

Paulo Freire, La pedagogía del oprimido, 1968.

La exposición doble de Luis Camnitzer y el Colectivo Maski toma como punto de partida la oposición de las ideas condensadas en las expresiones “adoctrina­miento” y “futuros posibles”. El adoctrinamiento se entiende aquí como lo que limita, dictamina, cons­triñe y obliga a soportar, con abnegación, circunstan­cias que nos son impuestas por agentes externos.

Alfabetizarse no es aprender a repetir palabras, sino decir su propia palabra.

—Paulo Freire, La pedagogía del oprimido, 1968.

La exposición doble de Luis Camnitzer y el Colectivo Maski toma como punto de partida la oposición de las ideas condensadas en las expresiones “adoctrina­miento” y “futuros posibles”. El adoctrinamiento se entiende aquí como lo que limita, dictamina, cons­triñe y obliga a soportar, con abnegación, circunstan­cias que nos son impuestas por agentes externos.

La expresión “falto de palabra” tiene dos lecturas posibles: la que se refiere al instante de quedarse sin léxico o no saber cómo nombrar algo, y la que, de forma burlona, se esconde en un doble significado referido a no mantener una promesa. Cada artista representa una de estas dos lecturas, analizadas a través de los proyectos que presentan en la muestra.

El Colectivo Maski, de Bogotá, centra su inves­tigación en las problemáticas generadas por la arquitectura, el urbanismo y las condiciones socioeconómicas derivadas de ellos. Sus pesquisas sobre la historia del país se muestran a través de estas representaciones que revelan los ires y venires de políticas inestables. Para la exposición, Maski presenta una estructura transitable de gran escala, constituida por los reconocibles tubos amarillos de los autobuses de Transmilenio, familiares en el imaginario colectivo bogotano. De esta manera se cuestiona el comportamiento del cuerpo en el uso de los transportes, la estandarización y el estado del funcionamiento general del sistema más utilizado en la capital, hoy en día alejado de la utopía moderna prometida en su nacimiento. En la página web del Sistema Integrado de Transporte Público, se afirma lo siguiente:

Los beneficios del sistema de transporte para la ciudad y sus habitantes son innegables: hay menos contaminación y más seguridad; se mejoraron notablemente sectores de la ciudad que esta­ban muy deteriorados; la accidentalidad dismi­nuye, se reducen los tiempos de viajes y se mejora la calidad de vida de todos los ciudadanos.

De los años 60 a los 90, Bogotá contaba con un transporte público caótico que estaba en manos de empresas privadas que trabajaban de forma independiente y con rutas al azar. Debido al creci­miento de la ciudad y a una necesidad de generar un plan de desarrollo estatal, en 1998 se determina la construcción de una infraestructura hecha a par­tir de corredores troncales especializados, dotados de carriles de uso único, estaciones y puentes de acceso peatonal. Las promesas de un transporte público rápido, ágil y seguro, nunca se cumplieron del todo. La organización Bogotá Cómo Vamos recoge en su encuesta de percepción ciudadana del 2016 que el 62% de los usuarios expresaron que sus trayectos habituales duraron más tiempo. Afirmaron que Transmilenio es su principal medio de transporte, pero que está lejos de ser idóneo. Del mismo modo, el informe de la INRIX (compañía especializada en el análisis de servicios de trans­porte) del año pasado, considera el tráfico de Bogotá como el quinto peor del mundo.

Con esta intervención, Maski sitúa el punto de mira en una problemática visible y explícita que, sin embargo, pasa por ser aceptada por la mayoría de los ciudadanos que, al parecer, se han dado por ven­cidos ante una disputa que no propone soluciones. Lo mismo ocurre con los innumerables edificios torci­dos que existen en la ciudad. Capturados a través de unas fotografías monocromáticas (cianotipos), que simulan las heliografías, estos inmuebles torcidos de Bogotá son un peligro para quienes los habitan. Varios medios de comunicación han hablado de este fenómeno, renombrándolos incluso como “Las Torres de Pisa” bogotanas.

Igual que nuestra sociedad se adapta a un trans­porte que no responde a las necesidades de los ciudadanos ni a los estándares de funcionalidad básicos, así como las personas se resignan a vivir en lugares deteriorados y peligrosos, también se aceptan los nombres de las cosas sin cuestionarlos. Una bandera negra cuelga en medio de las colum­nas del espacio, se pueden ver letras sin sentido. Son siglas de instituciones colombianas que, en su economía de medios, finalmente acaban por borrar el nombre real de la función que desempeñan.

En los últimos años, la práctica de Luis Camnitzer se ha enfocado, sobre todo, en repensar el rol del arte y de la educación, y en el modo en que las dos implican inevitablemente posicionamientos éticos y políticos. El reconocimiento de la no neutralidad en los procesos de enseñanza y del adoctrinamiento resultante de sus fórmulas predeterminadas, que tie­nen como objetivo primordial el entrenamiento para ejercer tareas concretas, en vez de estimular el pen­samiento crítico, el cuestionamiento y la curiosidad, se asume como punto de partida fundamental para intentar revertir esa misma tendencia. Esa presuposi­ción infunde igualmente a sus agentes una carga de responsabilidad acrecida.

“La educación que no es creativa es mala educación y la creación que no es educativa es mala creación. Y la meta última de todo esto es lograr el empodera­miento total del recipiente de lo que hago, de lo que pienso y represento”, nos dice Camnitzer.

Para la presente muestra, el artista reflexiona más específicamente sobre la “violencia” del acto de nom­brar. En otras palabras, analiza el modo como asumi­mos nuestros propios nombres y los de la mayoría de los objetos que nos rodean. A través de un audio en el que recita una narración propia, plantea las proble­máticas del nombramiento e invita al público a dejar sus historias, que serán, a su vez, escuchadas.

A esta instalación sonora se suma un dispositivo en el que los visitantes pueden re-nombrar objetos. Se propone romper con los conocimientos e impo­siciones previos y adentrarse en el campo de la imaginación del que somos progresivamente alejados después de nuestra infancia. La imaginación nos per­mite la libertad de generar entendimientos particula­res y valiosos, de especular, de concebir el “absurdo”, sin censuras ni fronteras artificiales. De los valores que nos infunden los llamados “establecimientos educativos” se puede afirmar que la imaginación está lejos de ser lo que más pesa. El poeta francés Charles Baudelaire, a su vez, la exaltaba como la “reina de todas las facultades”, a la cual las otras se deberían subordinar.

La propuesta de Luis Camnitzer presenta un mecanismo de mediación que le da la voz activa al público, al que se invita y consulta para com­partir la co-autoría con el artista —afirmando que, a fin de cuentas, el espacio expositivo es para la gente que lo visita y quien debe hacer uso de él—. En esta línea de pensamiento está la frase de la fachada que hace el artista para NC-arte: El museo son ustedes. Nosotros somos la oficina.

Falto de palabra propone un análisis de aparentes métodos de poder en diferentes niveles: el urbano y el educativo, buscando que los visitantes cuestio­nen y se apoderen de estos procesos para resignifi­carlos de acuerdo con sus lógicas individuales.

Cuando nací, mis padres me pusieron Ludwig como nombre. Una parte de su justificación era que en esa época estábamos en Alemania. La otra, era que un amigo querido de mi padre tenía ese nombre. Cuando suceden estas cosas, los nombres son como un trasplante de órgano: Uno más o menos sigue siendo la misma persona, pero carga con algo ajeno que, con un poco de suerte, no causa reacciones en la inmunidad del cuerpo y no es rechazado. El nombre se absorbe, y con el tiempo pasa a ser una parte no cuestionada. En mi caso particular, sin embargo, fue cuestionada. Mi madre un día decidió que mi apariencia no era la de un Ludwig, pero más bien la de un Peter. Así un año después, ya en Uruguay, pasé a ser Peter, por lo menos para la familia y algunos amigos, con la variación ocasional de Pedro. En cuanto tuve algo de conciencia investigué eso de Ludwig y también su abreviación en “Lutz”. Así la pasada a Luis fue obvia, y el Luis pasó a ser mi nombre oficial, diría que desde los cinco años en adelante. Claro que mi madre siguió llamándome Peter hasta que en 2012 murió a los 99 años. No sé cuánto daño me ocasionó todo este proceso. Si es que me causó alguno, ya no es remediable. De cualquier manera, esta anotación no es una queja autobiográfica sin importancia. Es, mucho más seriamente, la base para una elucubración sobre el poder y el abuso que se comete cuando se nombra sin dejar espacio para el cuestionamiento.

La ceremonia del bautizo cristiano es muy interesante para el caso. Como procedimiento, el bautizo trata de purificar al niño con gotas de agua o con un baño de inmersión, según lo que acostumbre la secta cristiana correspondiente. Esto asegura que el bebé sea una tabla rasa para que la religión pueda introducirse sin obstáculos en el cuerpo del bautizado. De paso se le da también un nombre, y con él la religión logra apropiarse del niño. En caso que la vida no se desarrolle correctamente, al final hay una absolución que vuelve a limpiar todo. En la tradición judía el nombre es dado para definir el carácter del futuro adulto de acuerdo a las esperanzas de la familia. Para cuando se muera, lo ideal es que se vaya con un “buen nombre”, o sea, que el finado le haga honor a la nomenclatura inicial. Es interesante que la maniobra del bautizo cristiano es lo suficientemente transparente en el consenso popular para que la palabra “bautizar” se utilice como un sinónimo de “nombrar”. La parte de la purificación ya no está. Cuando se bautiza un barco es para darle un nombre, no para purificarlo, sin pensar en religión. Además, se hace rompiendo una botella de champaña contra la proa, en un rito que probablemente fue inventado como una ironía que con el tiempo se fue perdiendo.

Nombrar es la forma más elemental de organizar las cosas, de darles un cierto orden. En su forma más primitiva el nombre es un referente y muy frecuentemente sirve para significar nada más que “esto” es o no es “mío”. Es un truco para poder referirme a detalles del mundo con más eficiencia que la que me permite señalar con el dedo y decir “esto”. En otras palabras, el nombrar no tiene nada de malo e incluso, en el caso de los insultos, puede llegar a tener un cierto valor terapéutico. Pero, salvo el caso de madre, generalmente el nombrar no es algo que se cuestione. Muy raramente uno se preocupa por hacer las preguntas interesantes que se esconden detrás del nombre. Por ejemplo: “Eso se llama ‘perro’”, pero la pregunta de “¿cómo pasó de llamarse perro a ser un perro? “¿por qué es un perro?, o “¿quién decidió llamarlo perro?” Y si no perro, “dog”, o “Hund”, o “cane”, o “chien” entre idiomas indo-europeos, que ni siquiera parecen tener elementos en común a lo largo de los idiomas. Es solamente que alguien tuvo el poder de nombrarlo, no importa si un individuo, o una evolución colectiva filológica, y de imponer el nombre. Lo que importa aquí, es que ese “alguien” no fui yo. Si a mi perro luego de ser perro yo lo llamo Rintintín, lo único que estoy haciendo (aparte de copiar un título de película antigua) es apropiarme de uno de los ejemplares de los perros para significar que éste es mío, y que por eso tengo poder sobre él. Al declararlo mío, en el caso del perro por lo menos, le doy cierta individualidad, una que creemos que el perro entiende y aprecia. 

La referencia a la propiedad se extrema cuando al mismo tiempo de declararla también se anonimiza al nombrado. Es una contradicción porque anónimo quiere decir “sin nombre”. El dueño de las vacas les quema un signo personal suyo en el anca de la vaca anónima. Cuando en 1846 el ejército norteamericano durante su invasión de México lograba agarrar a desertores de su ejército, muchas veces les quemaban una “D” en la mejilla con un hierro candente. Hubo un ejemplo con John Riley, el jefe de los desertores que formaron  el Batallón de Los San Patricios, al cual primero le pusieron la “D” cabeza abajo, y luego una segunda vez para corregir el error. Similarmente, los judíos en los campos de concentración nazis llevaban un número tatuado en el brazo. Los ejemplos son de un “dejar de ser” para convertirse en un “pertenecer”. La frontera entre nomenclatura y clasificación se borronea y ubica a ambas como resultado de ejercicios de poder. 

El poder tiene la característica que algunos lo tienen y otros lo sufren. Si el poder estuviera distribuido equitativamente, nadie lo percibiría. Sería algo tan natural como lo es respirar: una parte de nuestra actividad natural y personal que no invade las actividades de los demás. En el caso de respirar, si lo hacemos en la cara de alguien, deja de ser simplemente una actividad natural y se convierte en un ejercicio de poder bien o muy mal recibido. Cuando es bien recibido lo es porque lo consideramos un acto de afecto, de bondad, o incluso de filantropía. Cuando es mal recibido, es un abuso de poder, una opresión, o un acto de represión. 

El abuso de poder bien ejercido es el que se hace sin que las víctimas se den cuenta del abuso. Para ello se desarrolla el respeto a la autoridad y se logra que ese respeto sea internalizado.  Esta es la base del respeto a las leyes, a los gobiernos, a la policía, a los padres y a los maestros. Es un respeto atribuido gracias a los nombres que tienen, y no un respeto ganado. No es coincidencia que ese respeto a los nombres tenga consecuencias pedagógicas. Todo el sistema pedagógico está armado alrededor de enseñar el nombre de las cosas. Desde que nacemos y empezamos a hablar, la habilidad de hacerlo se basa en “saber” los nombres de lo ya nombrado. Con ello podemos comunicarnos con los adultos, que es, en los niveles más complejos, lo que los adultos quieren. “Qué lindo sería que mi perro me hablara…” Cuantos más nombres acumulamos, más nos acercamos a la deseada categoría de adultos. Y una vez aceptados en ella, se nos entrena para cumplir con ciertas funciones también ya nombradas. Para lograrlo tenemos todo un sistema para adquirir el contenido de las disciplinas académicas, algo también ya nombrado. Al encerrarse en su nombre las disciplinas adquieren rigidez y eliminan la inseguridad y los riesgos, Es por eso que la interdisciplinariedad y, aún más, lo transdisciplinario, son tan difíciles de lograr. Al ubicarse entre las disciplinas, integrarlas, o ir más allá, al principio se escapan de la nomenclatura. Una vez aceptadas, sin embargo, adquieren su nombre: bioquímica, astro-física, lógica matemática, etc. La generación de significados vuelve a frenarse. 

Hace poco más de un año tuve una reacción alérgica cuyo origen todavía no logré identificar. Consistió en hinchazones desagradables de los labios y la lengua y fui a mi médica. Después de inspeccionarme y de hacerme las preguntas de rigor, el diagnóstico fue que estaba sufriendo de una hinchazón idiopática.  Le pregunté qué cosa es eso y, con total honestidad, me contestó que en medicina se utiliza la palabra idiopático para referirse a cosas en donde no tienen idea de cuál puede ser la causa del disturbio.

En todo esto, entonces, hay varios problemas. El primero es que una vez que algo está nombrado es muy difícil de des-nombrarlo. En término políticos esto equivale, si el intento de des-nombramiento es violento, al derrocamiento. En forma más suave, consiste en demostrar la inutilidad u obsolescencia de un nombre. El segundo problema es que si bien aprendemos lo nombrado, nunca aprendemos explícitamente a nombrar las cosas. Es recién durante la investigación pos-grado en la que uno se puede tomar esa libertad, y para entonces estamos relativamente deformados y con el sentido de la libertad olvidado o perdido. 

El consenso general confunde el aprendizaje con la enseñanza, en lugar de pensar que aprender es descubrir y especular. Es esa actitud la que declara que la ignorancia es un campo negativo que hay que borrar a favor de lo conocido y de lo ya nombrado. Es una consecuencia de la estrategia de la conservación del poder. La ignorancia es el campo de lo innombrado, justamente, el lugar en donde gracias al aprendizaje real, se expande el conocimiento en vez de conservarlo. La ignorancia es el continente que todavía no está en el mapa, donde lo único que sabemos con seguridad es que allí vive el arte, uno de los instrumentos fundamentales utilizados para nombrar las cosas, y el único que tiene el permiso para des-nombrarlas una y otra vez.

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