Rodrigo Callejas
Pedro Aparicio Llorente
(…) La obra de Callejas adquiere hoy una resonancia particular. En un tiempo saturado de imágenes y pantallas, su insistencia en los medios manuales —la pintura, la cerámica, el fuego y el pigmento— recupera la lentitud y el contacto con la materia como modos de conocimiento.
Pedro Aparicio Llorente, curador de la exposición.
Cuando los animales capturaron el fuego, mantuvieron viva la hoguera durante muchas noches. Había cosecha y pagamento, y la fiesta sostenía pirámides de madera ardiendo sobre la tierra.
Con la llegada de las lluvias, la celebración terminó. Las gotas cayeron sobre el suelo hasta que escampó, y el agua permaneció quieta, haciendo espejo.
Al asomarse, los animales encontraron el agua contenida y salieron a beber: la piel del planeta se había cocido y, convertida en vasija, se hizo paisaje.
Este relato, que Rodrigo Callejas (Medellín, 1937) suele contar al hablar del origen de la cerámica, contiene una intuición fundamental para comprender su obra. En ella, el paisaje no aparece como un fondo neutro, sino como un cuerpo activo capaz de transformarse y como un medio vivo donde evoluciones geológicas, culturales y tecnológicas se entrelazan continuamente. En ese sentido, el paisaje es al mismo tiempo tecnología y cosmología: una convergencia material que produce formas y un campo simbólico donde se manifiestan presencias capaces de abrir nuevas lecturas del mundo.
La primera vasija es paisaje es una exposición dedicada a la obra de Callejas, pintor, escultor, ceramista y docente cuya práctica de más de seis décadas constituye una referencia fundamental para comprender relaciones entre arte, técnica y territorio en Colombia. Su obra registra las tensiones que atraviesan el trópico andino: la agresión a los ecosistemas de montaña, la transformación progresiva del campo y la llegada cada vez más visible de aeronaves al espacio aéreo. Al mismo tiempo, introduce figuras que restituyen agencia a lo más-que-humano mediante animismos vinculados al agua, al bosque y a las plantas sagradas. Vista en perspectiva, su producción adquiere un carácter casi premonitorio al anticipar discusiones actuales sobre tecnología y mito, violencia y rito, y la vigencia de los oficios manuales como sistemas de conocimiento.
La muestra pone en el centro del espacio dos esculturas cerámicas sobre una plataforma romboide de 15.000 ladrillos: La cama en la mesa, una investigación-homenaje a los huacos eróticos de la cultura Moche del Perú, y Acéfalos, un rebaño parte animal, parte ánfora, de pieles crudas y decoradas, estructurado por curvas que sostienen su propio peso como arcos de barro. Esta obra de gran formato surge de la profundización en las técnicas de rollo prehispánicas y se materializa en quince seres que el artista tardó veintiséis años en completar. Exhibida de manera permanente en el Museo de Antioquia y presentada en su estado completo por primera vez en Bogotá, esta pieza busca poner en valor la cerámica como medio artístico contemporáneo, superando su histórica subvaloración en museos y escuelas de arte.
Rodeando las cerámicas, se reúnen momentos de distintas series pictóricas, que una vez juntas, conforman un panorama visual de símbolos que se repiten, se camuflan, se amplían y se encogen: hojas de yarumo, flores de borrachero, cercas de púas, helicópteros, drones y aviones, bodegones con frutas y cuencos, incendios, y robots Transformers.
En su universo pictórico, Callejas ya advertía la entrada de la máquina en la conciencia cotidiana. Sus robots narcisos, autorreferenciales y sensibles, parecen contemplarse en las aguas de una laguna de páramo, reflejando el deseo humano de verse en la máquina. En contraste, los robots sagrados —imponentes, hieráticos, envueltos en atmósferas de color y silencio— recuerdan los ídolos precolombinos, investidos de una espiritualidad mecánica. Estas figuras son los nuevos mitos tecnológicos que habitan el paisaje andino con la misma intensidad con la que lo hicieron los dioses del maíz o del trueno. Con esto en mente, la exposición incorpora la obra Cuadrantes de pixel del artista Sebastián Mira, una exploración del paisajismo virtual, el archivo y la hipermaterialidad que recrea un videojuego basado en siete pinturas de Callejas pertenecientes a la colección del Museo de Arte Moderno de Bogotá.
Adentrarse en la obra de Callejas es asomarse al recinto íntimo de un artista capaz de hacer táctiles y visibles distintos eventos que lo conmueven a lo largo de su vida: la investigación y el dominio de las técnicas de alfarería de los pueblos originarios de América del Sur; la fragmentación de la ruralidad con el cercado de púas; la transmisión de la Guerra del Golfo Pérsico en los periódicos dominicales; los incendios subterráneos del Neusa y los fuegos forestales de los Cerros Orientales durante su vida en Bogotá; la capacidad mutable de los Transformers y su parecido con la cerámica antropozoomorfa prehispánica; la coincidencia de vivir en los alrededores de la Base de la Fuerza Aeroespacial Colombiana en Rionegro, en plena intensificación del conflicto armado; o los yarumos y borracheros que siembra al establecer su taller en La Ocarina, a las afueras de El Carmen de Viboral, donde hoy vive dejando transformar en bosque su jardín.
– Pedro Aparicio Llorente
